Haz que cuente
El mural, “Haz que cuente” es el alma del mural, una frase breve pero cargada de intención y emoción. Rober Bece, autor de la obra, asegura “No habla solo del tiempo, sino de cómo se vive. Es una invitación directa, casi un susurro convertido en grito: haz que cada instante importe”
El mural es un canto a la vida, al tiempo y a la esperanza, un homenaje vibrante y luminoso a la lucha contra el cáncer, donde cada elemento habla de fortaleza interior, transformación y belleza incluso en los momentos más difíciles.
En el centro aparece la mujer de cabello rosa, color que simboliza la lucha, la visibilidad y el coraje. Su sonrisa es abierta y sincera: no niega la dificultad del camino, pero demuestra que la alegría también forma parte de la resistencia. Con una mano cubre uno de sus ojos y en ella sostiene una cerradura, símbolo poderoso de acceso a un mundo interior. “Esa cerradura representa la capacidad de abrir puertas invisibles: la del autoconocimiento, la esperanza, la imaginación y la fuerza emocional que nace cuando todo parece incierto. Es la llave que permite mirar más allá del miedo”, asegura el artista.
Rodeándola, el mural se estructura como un reloj, recordándonos que el tiempo es valioso, frágil y poderoso, No es un tiempo que oprime, sino un tiempo que acompaña, que enseña a vivir el presente con intensidad. Cada instante cuenta, cada segundo importa, el tiempo avanza, sí, pero no es un enemigo. Es una oportunidad. Una oportunidad para mirarse por dentro y avanzar.
A un lado se alza el árbol de la vida, El árbol de la vida sostiene todo el conjunto, firme y luminoso. Sus raíces invisibles sostienen la existencia, mientras sus ramas se expanden hacia la luz. Representa la continuidad, la conexión entre cuerpo y alma, y la capacidad de renacer una y otra vez, incluso tras la tormenta.
Bece explica que “los animales no están ahí por azar; son guías simbólicos durante el proceso”:
La jirafa, elegante y serena, simboliza la visión amplia y la perspectiva. Con su largo cuello nos invita a elevar la mirada, a no quedarnos atrapados en el dolor inmediato y a confiar en que siempre hay un horizonte más allá. a ver el proceso desde un lugar más amplio, con esperanza y conexión entre corazón y mente. Es la calma, la paciencia y la sensibilidad.
El cachorro de guepardo representa la vulnerabilidad. Es pequeño, frágil, pero lleva dentro una enorme capacidad de supervivencia, encarna la energía, la velocidad y la lucha incansable. Es la fuerza que irrumpe, la determinación para avanzar, la valentía de seguir corriendo incluso cuando el camino es duro.
La naturaleza que los rodea recuerda que el ser humano forma parte de algo mayor, y que incluso en los momentos más duros seguimos perteneciendo a la vida.
El lazo rosa que atraviesa la escena conecta todos los elementos. No es solo un símbolo del cáncer, es un hilo de unión entre cuerpo, mente, naturaleza y tiempo. Une lo visible con lo invisible.
Todo el mural estalla en color, luz y fantasía, creando una atmósfera alegre y explosiva que transforma la lucha en arte y el miedo en belleza. No es solo una obra para mirar, es una obra para sentir: un mensaje claro de que la vida, incluso en la adversidad, puede ser intensa, creativa y profundamente luminosa.



